Claroscuro: Sexo débil e igualdad
El comentario pudo parecer una ocurrencia. Sin embargo, plantea un ejercicio interesante.

LO CLARO. Tras concluir el receso de verano, la Universidad Autónoma de Tamaulipas reanudará este lunes 3 de agosto sus actividades administrativas, dando paso a una etapa clave para miles de familias tamaulipecas con la publicación de los resultados de admisión, el inicio de las inscripciones y reinscripciones, y la preparación del ciclo escolar que comenzará el 17 de agosto.
Acciones que permitirán incorporar a una nueva generación de profesionistas y fortalecer la cobertura educativa en el estado, al tiempo que garantizan la continuidad académica y los servicios universitarios en beneficio de los estudiantes y de la sociedad tamaulipeca.
LO OSCURO. México cambió profundamente durante la última década. La violencia contra las mujeres dejó de ocupar un lugar secundario en la agenda pública para convertirse en una prioridad política, legislativa y social.
Surgieron fiscalías especializadas, protocolos de actuación, reformas penales y una exigencia permanente hacia las autoridades. Ese cambio respondió a una realidad que durante años permaneció insuficientemente atendida.
Sin embargo, junto con ese avance comenzó a dibujarse otra pregunta que pocas veces aparece en el debate nacional.
¿Qué ocurre cuando la víctima es un hombre?
La pregunta surge a partir de hechos recientes.
En Ciudad Victoria, el profesor Eloy Cuauhtémoc Salinas Silva perdió la vida. La Fiscalía de Tamaulipas presentó a su esposa como presunta responsable del homicidio y el proceso judicial seguirá su curso. La noticia ocupó espacios informativos durante un breve periodo antes de desaparecer del interés nacional.
Días antes, el profesor Alberto Israel Jasso terminó con su vida después de enfrentar una acusación pública por presunto abuso sexual. Su muerte impidió conocer el desenlace judicial del expediente y abrió una discusión sobre el peso que puede adquirir el juicio social antes de que exista una resolución de las autoridades.
En Colombia, el periodista Rafael Poveda enfrenta denuncias por presunto acoso. El caso permanece bajo investigación. Mientras tanto, el proceso paralelo de las redes sociales avanzó con una velocidad muy superior a la del sistema de justicia. En cuestión de horas aparecieron condenas, absoluciones y sentencias emitidas desde la opinión pública.
Los tres episodios pertenecen a contextos distintos. Precisamente por eso resultan útiles para observar un fenómeno más amplio.
La conversación pública parece reaccionar con distinta intensidad según el perfil de la víctima o de la persona señalada.
Ese contraste volvió a aparecer hace unos días cuando dos diputadas poblanas se hicieron virales al burlarse de los hombres mayores de 45 años. Entre risas utilizaron la expresión “ya huelen a baúl” para referirse al envejecimiento masculino.
El comentario pudo parecer una ocurrencia. Sin embargo, plantea un ejercicio interesante.
¿Qué dimensión habría alcanzado el escándalo si dos diputados hubieran utilizado expresiones semejantes para describir a mujeres mayores de 45 años?
La pregunta resulta pertinente porque permite medir la consistencia del discurso público. La igualdad adquiere sentido cuando el mismo criterio se aplica sin importar quién emite la ofensa y quién la recibe.
Las estadísticas también invitan a reflexionar.
En México, alrededor de ocho de cada diez suicidios corresponden a hombres.
La gran mayoría de las víctimas de homicidio doloso también son hombres. A pesar de ello, el suicidio masculino permanece relativamente ausente de las grandes campañas nacionales de prevención y rara vez ocupa un espacio proporcional dentro de la discusión pública sobre salud mental.
Otro dato poco mencionado proviene de la psicología. Diversos estudios describen la llamada muerte social, un proceso en el que una persona pierde simultáneamente reputación, empleo, relaciones personales y reconocimiento dentro de su comunidad. Ese deterioro constituye uno de los factores asociados con un mayor riesgo de depresión y de suicidio. En la era digital, ese proceso puede desarrollarse en cuestión de horas.
Nada de lo anterior disminuye la gravedad de la violencia contra las mujeres ni resta importancia a las denuncias legítimas. Ambas realidades exigen instituciones eficaces, investigaciones profesionales y protección para las víctimas.
La cuestión es otra.
Una democracia madura necesita desarrollar la misma capacidad para reconocer cualquier forma de sufrimiento humano, independientemente del sexo de quien aparece en el expediente.
Cada denuncia merece una investigación seria. Cada persona acusada merece un procedimiento basado en pruebas.
Cada persona que se quita la vida merece una sociedad dispuesta a preguntarse qué falló antes de llegar a ese desenlace.
La fortaleza de un país jamás depende de proteger únicamente a un grupo.
Depende de construir principios capaces de proteger a todos con el mismo rigor.
Cuando la empatía depende de la identidad de la víctima, la igualdad deja de ser un principio universal para convertirse en una reacción condicionada por el momento político.
Ese quizá sea el debate que México tendrá que enfrentar en los próximos años.
Conservar los avances alcanzados en la protección de las mujeres y, al mismo tiempo, ampliar la conversación para reconocer otras tragedias que también cobran vidas, destruyen familias y pasan demasiado pronto al olvido.
Una sociedad verdaderamente igualitaria se reconoce por su capacidad de mirar a todas sus víctimas con la misma dignidad.
COLOFÓN: Pareciera que hay mucha prisa por alcanzar los niveles de violencia ejercida sobre la mujer, que empaten a su par. De la costilla de la dama fuerte del hogar, saldría ahora el varón.
