Internacional

Brasil: un balotaje abierto, una democracia a prueba.

El politólogo Daniel Zovatto analiza la cerrada contienda presidencial en Brasil y los desafíos que enfrentará la democracia tras el balotaje.

Brasil 🇧🇷 24 Octubre de 2026.- Desde Brasilia, donde me encuentro por invitación del Tribunal Superior Electoral para observar el balotaje de este domingo, la pregunta que domina la recta final ya no es únicamente quién ganará, sino si el derrotado aceptará los resultados aunque estos sean muy cerrados, cómo ejercerá el poder el vencedor y qué instituciones serán capaces de ponerle límites. En las urnas se decidirá la próxima presidencia; en la conducta de ambos contendientes, la fortaleza de la democracia brasileña.

En este corto período de tiempo, el oficialismo recuperó iniciativa, redujo el rechazo a su candidato y corrigió su desventaja digital. Flávio conserva una base sólida y ventajas políticas, pero perdió algo decisivo: la apariencia de inevitabilidad. Lula puede soñar con una remontada. Pero confundir esa posibilidad con una victoria asegurada sería tan imprudente como haber considerado resuelta la elección después de la primera vuelta.

La aritmética de la incertidumbre

El 4 de octubre, Flávio obtuvo el 47,03% de los votos válidos y Lula el 45,16%. Los separaron 1,87 puntos, unos 2,2 millones de sufragios. Las candidaturas eliminadas reunieron cerca del 8%. Sus apoyos, mayoritariamente situados a la derecha, alimentaron la expectativa de que el senador consolidaría su ventaja.

La participación puede decidir lo que las preferencias dejan abierto. Con un padrón de 158,7 millones de electores, la abstención de la primera vuelta alcanzó el 21,08%: unos 33,5 millones de personas. Con un margen tan estrecho, la disputa se concentra en los electores que aún pueden inclinar la balanza: los indecisos; los mayores de 70 años y los jóvenes de 16 y 17 años cuyo voto es facultativo; y quienes se abstuvieron o votaron blanco o nulo en la primera vuelta. Movilizar a una pequeña fracción de ese universo podría decidir la elección.

Dos estrategias y una restricción

Flávio necesita conservar su núcleo, sumar conservadores y tranquilizar a los moderados que recelan del apellido Bolsonaro. Ofrece seguridad al estilo de mano dura de Bukele, combate a la corrupción y reducción del Estado a imagen de la motosierra de Milei, apoyado por gobernadores y fuerzas legislativas fortalecidas. Su dilema consiste en prometer cambio sin despertar los temores asociados al gobierno de su padre.

Lula enfrenta la tarea inversa: convertir el desgaste de gobernar en una razón para preservar la protección social. Busca reconectar con los sectores populares, movilizar abstencionistas y atraer a quienes ven al bolsonarismo como una amenaza para la democracia.

El cambio más importante puede estar en el nivel de rechazo. Según Quaest, el de Lula cayó del 53% al 47% en una semana; el de Flávio pasó del 54% al 52%. El presidente amplió el espacio de ciudadanos dispuestos a considerarlo. La recuperación existe, pero su traducción electoral no está asegurada.

Ambos candidatos se enfrentan a un electorado altamente polarizado: unos temen el regreso del bolsonarismo; otro, la continuidad de Lula. Pero esa división convive con demandas compartidas: seguridad, salud y una economía —la del bolsillo— que mejore la vida cotidiana.

Para atender estas demandas, el gobierno anticipó pagos de Bolsa Familia —que beneficia a 20 millones de familias—, después de elevar la prestación un 15%; añadió nuevas medidas de alivio financiero; y logró que se aprobara la reforma laboral que redujo la jornada laboral de 6 dias de trabajo y uno de descanso a cinco dias laborales y dos de descanso. Para el oficialismo estas medidas son protección social; para la oposición, electoralismo. Después del domingo, habrá que evaluar el costo fiscal y el impacto que las mismas tendrán sobre unas cuentas públicas ya muy deterioradas.

La batalla por la atención

La otra corrección decisiva ocurrió en las redes sociales. Hasta la primera vuelta, Lula había concedido demasiado terreno al privilegiar actos y propaganda tradicional. Su campaña reorganizó la circulación de contenidos, puso prioridad en las redes, multiplicó la participación de sus simpatizantes y logró superar a Flavio en popularidad digital. El canal de WhatsApp conocido como «Ejército de Lula», administrado por el diputado André Janones, superó los ocho millones de seguidores. Es un giro considerable, aunque seguidores, electores y votos sean categorías distintas.

Esa competencia transcurre en un espacio donde las plataformas también ejercen poder. Las denuncias sobre restricciones a contenidos de Lula y el tratamiento de cuentas vinculadas a Flávio obligan a exigir transparencia y correcciones verificables. La empresa Meta negó ante la justicia electoral favoritismos y atribuyó los episodios a fallas técnicas.

El poder después de las urnas

La presidencia sigue abierta; en cambio la orientación del nuevo Congreso es más clara. La derecha y el centrão dispondrán de una posición fortalecida para negociar presupuestos, cargos y reformas. Una alianza suficientemente amplia podría modificar incluso la Constitución. Pero afinidad ideológica no significa obediencia presidencial: el centrão administra intereses y cobra por su cooperación. El vencedor deberá negociar con un Legislativo que en los últimos años ha sumado poder y ampliado su influencia sobre el gasto público.

Para Flávio, ese mapa facilitaría privatizaciones, desregulación y endurecimiento penal. También podría favorecer retrocesos ambientales y restricciones de derechos. El riesgo institucional aumentaría si la convergencia entre Ejecutivo y Congreso se utilizara para someter al Supremo Tribunal Federal o destituir a algunos de sus jueces. Una eventual victoria de Flavio podría generar el riesgo de una fuerte concentración de los tres poderes en manos de la derecha con contrapesos institucionales debilitados.

Por su parte, la anunciada amnistía a Jair Bolsonaro y otros responsables del intento fallido de golpe de Estado provocaría una grave crisis institucional. Si una mayoría posterior puede borrar las consecuencias de un ataque a la democracia, la sanción pierde capacidad disuasoria. La señal regional sería peligrosa: bastaría esperar la siguiente victoria para recuperar impunidad. La alternancia conserva su valor democrático cuando respeta las instituciones que permiten ejercerla.

Para Lula, el Congreso representaría un desafío mayúsculo en materia de gobernabilidad. Tendría que pactar su agenda con fuerzas conservadoras y gobernadores fortalecidos, financiar acuerdos y defender prioridades sociales bajo presión fiscal. Su reelección frenaría parte del programa de la derecha, pero difícilmente abriría una etapa de expansión de la izquierda.

En el escenario latinoamericano, el triunfo de Flávio reforzaría la tendencia del voto de castigo a los oficialismos y la consolidación de la “ola naranja” de gobiernos de derechas, al tiempo que acercaría a Brasil —ingresando al Escudo de las Américas— con las prioridades de la política exterior de Trump. Lula, por el contrario, contendría esa expansión pero sin inaugurar necesariamente otra marea progresista en la región.

China, principal socio comercial brasileño, condicionará a ambos. La afinidad ideológica no elimina intereses divergentes: gobernar la mayor economía latinoamericana exigirá pragmatismo y no solo ideología. Cualquiera que sea el vencedor, deberá diversificar mercados, inversiones y relaciones. Esa será otra prueba de realismo.

La prueba democrática

Desde Brasilia, la incertidumbre obliga a mirar más allá del domingo. Las urnas entregarán la presidencia, no la propiedad de la República. Tampoco absolverán el pasado ni autorizarán cualquier futuro.

La democracia está a prueba en este balotaje inédito, cuyo desenlace permanece abierto. El país la habrá superado cuando quien pierda acepte los resultados, aunque la diferencia sea mínima, y ejerza una oposición leal al orden democrático; y cuando quien gane entienda que no recibió un cheque en blanco: deberá gobernar una sociedad dividida y altamente polarizada, negociar con un Congreso fortalecido y respetar los contrapesos institucionales.

Por: Daniel Zovatto

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