La vida, encuentro que se conversa.
Todo encuentro es un acto de aprendizaje mutuo, una labor en la que ambos participantes se transforman.
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Conversar debería ser tan natural e imprescindible como respirar. El verdadero encuentro hace posible la conversación: el volvernos hacia el otro, ser compañía. Hablar no es lo mismo que conversar. Hablar es emitir palabras; conversar es atender, empatizar y compartir. Sólo en la conversación nacen la confidencia y el trato íntimo.
La palabra conversar proviene del latín conversare, que implica dirigirse con alguien hacia algún sitio. Es decir, conversar es caminar con. La conversación siempre nos conduce a un camino, es recorrer juntos tramos de vida. Caminar es andar con otro; transitar y trascender los días en compañía. Caminar merece ser compartido. Conversar es convivir.
Toda travesía conjunta requiere ajustar pasos, acompasar ritmos, moldear la propia personalidad. Para ello, la empatía es esencial: no basta con entender al otro, hay que implicarse en sus pasos. La empatía es cercanía, es compromiso. Es la respuesta a una pregunta primigenia: ¿quién eres tú? En toda relación, ésa es la pregunta que importa. La pregunta que anhela respuesta. La palabra que se vuelve persona.
Hablar es fácil: puede hacerse con prisa, sin profundidad, sin conocimiento, sin afinidad. Conversar, en cambio, requiere construir un espacio. Y no sólo en sentido figurado. En una acepción hoy en desuso, “conversación” significaba también morada. Porque todo hogar, toda escuela, toda comunidad genuina necesita la conversación para existir. En ella descubrimos no sólo las carencias del otro, sino también su singularidad, su riqueza interior.
Conversar es reconocer esa singularidad y hacerle espacio. En un mundo que exige inmediatez y resultados, la conversación debería traducirse en un lugar casi “lento”: un refugio donde la siembra, el crecimiento, la cosecha, las fracturas y la recuperación encuentran su tiempo. Donde las ideas maduran, la intimidad es viable y la amistad se cultiva con paciencia.
La buena conversación es encuentro: voluntad compartida de entender y ser entendido. Es inteligencia que indaga, expone, compara, contrasta. Es también orden en la expresión del pensamiento y, sobre todo, el arte de saber callar. Porque la conversación auténtica exige escucha atenta, respetuosa, paciente. Quien escucha con interés genuino percibe no sólo las palabras, sino además las sutilezas del relato, los matices de la emoción, las pausas que dicen más que los discursos.
En la conversación verdadera se da el reconocimiento de la alteridad: el otro, igual en dignidad, distinto en experiencia, nos comparte su mundo. Nos expone sus certezas y dudas, sus temores y esperanzas. Y cuando es escuchado con respeto y paciencia —ejercicio noble, difícil—, se produce una catarsis natural, una purificación a través de la palabra. Porque el ser humano, en su esencia, es ser para el encuentro. Y la palabra —como bien dice Gómez Fajardo (2017)— también puede sanar.
Todo encuentro es un acto de aprendizaje mutuo, una labor en la que ambos participantes se transforman. Surge de la profunda conciencia de nuestra interdependencia: nos necesitamos los unos a los otros para dar sentido a nuestra existencia, para encontrar respuestas que solos no podríamos vislumbrar. Paradójicamente, es nuestra fragilidad la que nos impulsa a buscar el encuentro. Desde nuestras heridas y limitaciones, nos abrimos al otro con la esperanza de comprender y ser comprendidos, de sanar y ayudar a sanar.
Así, la vida misma se convierte en un diálogo constante, en una conversación que nos permite construir significados compartidos. No vivimos aislados, sino en un intercambio continuo de encuentros que dan forma a quienes somos y a quienes podemos llegar a ser.
Los encuentros, con uno mismo y con los otros, rara vez son sencillos. Pero sólo a través del encuentro es que podemos ser, por una parte, más plenamente nosotros y, por otra, colaborar a que los otros también puedan ser más ellos. El encuentro es siempre una labor educativa, porque parte de la conciencia de que nos necesitamos; brota, entonces, de las heridas: de la incurable debilidad, íntimamente humana. Es entonces cuando la vida es un encuentro que se conversa.