La muerte que inspira: cuatro voces sobre el abismo
Frente a él, José Gorostiza es el arquitecto de una muerte cósmica.

La muerte marca el fin absoluto de la vida. Es el ya no más. El hasta aquí. El se acabó. Es el símbolo de lo perecedero y de la destrucción de la experiencia; el término del ineluctable cambio. Al ser hija de la noche y hermana del sueño, es la tierra de los que ya no están, es la patria evanescente donde al dormir hablamos con ellos en silencio.
Y es en esa frontera, donde al otro lado no hay camino, en la que Posada encontró la festiva danza macabra de sus calaveras. Varios poetas mexicanos también han dejado constancia en sus versos de esa tierra de nadie. La muerte es una rica veta en nuestra literatura, desde Nezahualcóyotl, quien nos recordó que a fin de cuentas “como una pintura nos iremos borrando”, y López Velarde, quien la encontró al dormir en El sueño de los guantes negros, hasta Rosario Castellanos cuando se pregunta: “¿qué se hace a la hora de morir?”
Me detengo sólo en cuatro poetas como en una encrucijada, pues han sellado de manera indeleble nuestras letras: Octavio Paz, José Gorostiza, Jaime Sabines y Xavier Villaurrutia. Cuatro maneras de mirar ese límite fatal, ese sendero de no retorno.
Para ninguno de ellos es un final sencillo. Sabines es el poeta del dolor concreto sin metafísica de por medio. “Algo sobre la muerte del mayor Sabines” es un poema surgido de las entrañas como un borbotón de sangre. Allí la muerte tiene nombre y un hijo que se queda “goteando del tubo de la muerte”.
Frente a él, José Gorostiza es el arquitecto de una muerte cósmica. En “Muerte sin fin” no refiere la muerte de ningún padre, sino la del yo mismo en el “instante del quebranto”: “Porque el hombre descubre en sus silencios / que su hermoso lenguaje se le agosta / en el minuto mismo del quebranto”. Mientras Sabines llora y se dobla de dolor ante la muerte, Gorostiza disecciona. Es el arquitecto del vértigo , el testigo del despeñadero. “Muerte sin fin” no es un poema sobre el final, sino sobre el despeñarse continuo. La muerte de Gorostiza es filosófica, el punto donde todo se crea y se destruye.
Para Octavio Paz, la muerte es un “espejo que refleja las vanas gesticulaciones de la vida”. Nos desnuda de toda pretensión y vanidad. En “Ejercicio preparatorio” aspira como Alonso Quijano su deseo de una muerte consciente: “pero quiero / como él, morir con los ojos abiertos. / Morir sabiendo que morir es regresar adonde no sabemos, / adonde, sin esperanza, lo esperamos. / Morir reconciliado con los tres tiempos y las cinco direcciones”.
Para Villaurrutia, ese no lugar es el sueño, la noche, el hueco. Octavio Paz lo vio con lucidez enorme: el tema de Villaurrutia no es la muerte, sino “la muerte asociada estrechamente al sueño y ambos a la noche”. Su poesía habita el entre, ese pasadizo “entre la vida y la muerte, el calor y el frío, la vigilia y el sueño”. No es la muerte biológica de Sabines ni la muerte cósmica de Gorostiza: es una muerte onírica, deseada, “nostalgia” de algo que aún no se ha perdido del todo.
Paz desconfía de que Villaurrutia haya tenido a la muerte como tema único, y al mismo tiempo traza el mapa que separa a Gorostiza de Villaurrutia: si para el primero la vida es una “muerte sin fin”, un despeñarse en la nada, para el segundo la vida es “nostalgia de la muerte”.
Cuatro voces y una misma certeza: la muerte no es el otro de la vida. Sabines la llora en el cuerpo del padre; Gorostiza la piensa como el revés cósmico de todo lo que existe; Villaurrutia la sueña en el hueco de la noche, en el eco de una nota fugitiva, en la ausencia viva; Paz la contempla como el fondo luminoso donde la vida se vuelve, por fin, ella misma. Para los cuatro, la muerte nos habita. Discrepan en el modo de nombrarla: con sangre, con vértigo, con nostalgia o con serenidad. Cuatro caminos en la encrucijada; cuatro rutas para encontrar la nuestra. Y quizá por eso los seguimos leyendo con asombro. Los cuatro poetas no nos dan una respuesta única sobre esa patria de nadie, comparten sus certezas, sus intuiciones sobre el día siguiente, si lo hay, del postrero.
